¿Alguna vez has sentido que llevas años buscando sentirte mejor, pero cada camino parece quedarse corto? Lees, pruebas, aprendes, cambias hábitos, meditas… y aun así hay una sensación que vuelve una y otra vez: debe haber algo más profundo que todavía no estoy viendo.
Esa sensación también me acompañó durante muchos años. Aunque entonces no sabía ponerle nombre. Y, sin saberlo, fue la que marcó gran parte de mi vida.
Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que nunca estuve buscando una técnica nueva. Estaba intentando comprender por qué las personas sufrimos incluso cuando, aparentemente, todo está bien. Quería entender qué nos aleja de nosotros mismos y qué nos ayuda realmente a volver.
Soy Iosu Mendikute, y durante más de veinte años busqué esa respuesta a través de caminos muy distintos. Hoy sé que no eran caminos diferentes. Eran distintas formas de acercarme a la misma verdad.
Todo empezó por el cuerpo
Mi primera puerta fue el cuerpo. Comencé formándome como profesor de yoga y dando clases en pequeños centros del sur de Tenerife. Poco después viajé hasta Rishikesh, en la India, para profundizar en el Hatha Yoga y el método Iyengar, en uno de los lugares donde esa tradición sigue viva desde hace siglos.
No fue un viaje para sumar una formación más. Fue el comienzo de una manera completamente distinta de entender el cuerpo, la respiración y la presencia.
Al regresar seguí estudiando y ampliando mi trabajo con distintas disciplinas: Pilates, risoterapia, reflexología podal, masaje terapéutico, kinesiología. Cada una me permitió comprender un aspecto diferente de la experiencia humana. Pero lo más valioso no ocurrió en las aulas, sino acompañando a personas.
Durante más de doce años trabajé junto al Patronato de Cultura del Ayuntamiento de Arona y colaboré con la Concejalía de Servicios Sociales de Adeje, además de impartir talleres en centros culturales, colegios, gimnasios y diferentes espacios de formación. A lo largo de esos años acompañé a cientos de personas, cada una con una historia distinta, pero con algo en común: todas buscaban volver a sentirse en paz consigo mismas.
Fueron miles de horas observando algo que se repetía una y otra vez: el cuerpo siempre termina expresando aquello que llevamos demasiado tiempo intentando sostener en silencio. Aquello empezó a cambiar mi manera de mirar a las personas.
Cuando descubrí que la respiración era mucho más que respirar
Con el tiempo comprendí que había algo todavía más profundo que el movimiento: la respiración. Por eso decidí formarme como terapeuta de Respiración y Renacimiento, en un proceso de más de doscientas horas que no solo transformó mi forma de acompañar a otras personas, sino también mi propia manera de estar en el mundo.
Fue entonces cuando entendí algo que cambiaría todo mi trabajo: la respiración no es únicamente una función automática del cuerpo. Es una puerta directa hacia aquello que sentimos, hacia aquello que hemos aprendido a contener y, muchas veces, hacia aquello que llevamos años evitando mirar.
Esa comprensión fue creciendo con la experiencia. Durante años acompañé procesos individuales, impartí talleres, formé a otros terapeutas y seguí investigando cómo una respiración consciente podía producir cambios profundos allí donde muchas personas llevaban años sintiendo que estaban bloqueadas. De todo ese recorrido nació el método TRC (Técnicas de Respiración Consciente), que no apareció de un día para otro, sino que fue el resultado de años de práctica, estudio, observación y acompañamiento.
Seguir aprendiendo para mirar más profundo
La búsqueda no terminó ahí; al contrario, cada respuesta abría nuevas preguntas. Por eso seguí formándome en mindfulness a través de la Universidad de La Laguna, exploré disciplinas relacionadas con la medicina regenerativa, los registros akásicos, la autohipnosis y, más adelante, la física cuántica.
A simple vista parecen mundos completamente distintos, y durante mucho tiempo también lo pensé yo. Pero cuanto más aprendía, más evidente se hacía algo: todas esas disciplinas, desde lugares muy diferentes, intentaban responder a la misma pregunta sobre la consciencia, la percepción y la forma en que vivimos nuestra experiencia. No buscaba acumular títulos. Buscaba comprender mejor al ser humano para acompañarlo con más profundidad.
Ese camino también me llevó fuera de España. Tuve la oportunidad de impartir talleres y formaciones en Perú, y comprobar algo que todavía hoy me emociona: da igual el país, la cultura o la historia personal. Cuando una persona deja de funcionar en automático y vuelve a respirar con presencia, ocurre algo profundamente humano que nos une a todos. Porque al final, todos respiramos igual cuando tenemos miedo, cuando amamos y cuando volvemos a sentirnos presentes.
Todo acabó apuntando hacia el mismo lugar
Con los años entendí que ninguna de aquellas formaciones había sido un desvío. El yoga me enseñó a escuchar el cuerpo. La respiración me enseñó a escuchar las emociones. El mindfulness me enseñó a observar la mente. Otras disciplinas ampliaron mi forma de comprender la consciencia y la experiencia humana.
Cada una aportó una pieza distinta al mismo puzle, y solo cuando todas empezaron a encajar comprendí que llevaba más de veinte años caminando hacia el mismo lugar. De esa integración nació Amar Sin Desaparecer, no como una teoría nueva, sino como la síntesis de toda una vida de búsqueda, estudio y experiencia acompañando a cientos de personas.
Quizá mientras lees esto estés buscando respuestas parecidas. Quizá hayas probado distintas herramientas, distintos libros o distintas formas de sentirte mejor. Si es así, entiendo muy bien esa búsqueda, porque durante muchos años también fue la mía.
Si algo aprendí en estos veinte años…
Si hay algo que todo este camino me enseñó es que no necesitas recorrer veinte años para empezar a volver a ti. Yo necesité cruzar muchas puertas para comprender que, en realidad, todas conducían al mismo lugar.
Hoy mi propósito es hacer ese camino un poco más sencillo para otras personas, porque quizá no necesites probar una técnica nueva cada pocos meses. Quizá solo necesites detenerte unos minutos, respirar con presencia y descubrir que aquello que llevabas tanto tiempo buscando nunca estuvo tan lejos como imaginabas.
Y si después de veinte años sigo compartiendo todo lo que aprendí, es por una razón muy simple: porque sé que esa puerta existe, porque la he cruzado muchas veces acompañando a otras personas, y porque creo, de verdad, que también está esperándote a ti.
Durante muchos años pensé que estaba buscando una respuesta. Hoy creo que, en realidad, la respuesta llevaba mucho tiempo esperándome a mí. Y esa es la razón por la que nació Amar Sin Desaparecer.